Quizás las circunstancias que han rodeado en los últimos años hayan hecho que muchos inversores se hayan planteado más el “¿en qué invierto?” que el objetivo para el que se invierte. Hemos visto casos de acciones que han multiplicado su valor por cuatro o cinco en breve plazo de tiempo, fondos de tecnología que han dado resultados espectaculares. Todo el mundo ganaba con sus inversiones y además quería ganar más. A todos nos gustaría invertir cada año en aquella acción que se va a revalorizar más que las demás, venderla en el máximo y traspasar el dinero a la cuenta corriente justo antes de que empiece a caer. Posteriormente, una vez llegado el momento más bajo, volver a invertir y aprovecharnos de todo el recorrido alcista.

El hecho de que con cierta frecuencia se haga mucha publicidad a que un determinado analista ha anticipado el recorte o la subida del mercado en un momento concreto, no quiere decir que sus predicciones se vayan a cumplir siempre. Probablemente, la próxima vez el que acierte sea otro analista. Y lo hará quizá, más porque en términos probabilísticos hay muchas posibilidades de acertar, que porque verdaderamente sepa con fundamento que el mercado va a fluctuar a corto plazo en un sentido o en otro.

Es decir, el futuro es incierto, y nuestros asesores son especialistas, que manejan gran cantidad de información y que según nuestras necesidades como inversores pueden ayudarnos a invertir de una forma coherente, lo que no poseen es una “bola de cristal”.

Por ello, la ausencia de rumbo en nuestra vida financiera puede hacer que después de haber tenido muchas veces al alcance de nuestra mano, pasado el tiempo podamos volver al punto de partida. Si no sabemos a dónde queremos llegar y no tenemos marcado ningún objetivo, las posibilidades de acertar con nuestras decisiones de inversión son mínimas. La planificación financiera fijará nuestro rumbo, de forma que al afrontarlas múltiples situaciones que se nos planteen a lo largo de nuestra vida, podamos resolverlas buscando nuestro único punto de destino.

El objetivo de la planificación financiera es conseguir desde ahora un equilibrio entre los recursos y las necesidades futuras.

El tener unos objetivos bien definidos también nos va ayudar a cumplir la disciplina requerida para poder llegar a la meta. Si no tenemos ningún objetivo establecido, nuestros ingresos o potenciales ganancias serán un mero apunte contable, y pasarán por nuestras manos sin pena ni gloria poniéndolos a disposición del azar. El hecho de saber que tenemos que alcanzar unos objetivos nos ayudará a determinar la inversión más idónea que corresponda a cada uno.

Cuantos más específicos sean los objetivos más fáciles será determinar el esfuerzo que tenemos que realizar para conseguirlos. Esto nos ayudará a calcular que nivel de inversión tenemos que realizar cada año y que rentabilidad tenemos que conseguir de ella. Una vez hayamos visto qué queremos y lo que nos va a costar alcanzarlo, puede que decidamos cambiar nuestros objetivos, bien porque suponga un esfuerzo mayor del que pensábamos, o porque, al contrario sea menor del supuesto. Estos son los verdaderos beneficios de la planificación financiera.

Normalmente, los profesionales tienen menos ingresos justo cuando sus necesidades (vivienda, educación de los hijos, etc.) exigen más recursos. Esto puede solucionarse mediante el endeudamiento, ajustando el nivel de vida actual a unos ingresos futuros que permitan la amortización de ese endeudamiento.

De la misma manera, a medida que los ingresos son mayores y los gastos menores, será necesario renunciar a una parte de los gastos para garantizarse un mínimo nivel de vida cuando aquellos desaparezcan.

Una buena planificación permite vivir más tranquilamente, porque uno conoce en todo momento tanto sus necesidades como sus recursos.

Para ello, las normas básicas que van a imperar en todo el proceso son: a más ahorro y más rentabilidad de las inversiones, más necesidades satisfechas a futuro.

Por tanto, cuanto antes pongamos en marcha la estrategia, más fácil será alcanzar los objetivos.

 

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